lunes, 25 de julio de 2011

La huella de carbono y el consumo responsable

Rodrigo Galleguillos Martín (*)

Por estos días, resulta tremendamente atractivo para empresas y proveedores de servicios presentarse ante los consumidores como empresas conscientes con el medio ambiente. En tal sentido, ha surgido toda una industria alrededor de la “huella de carbono”, concepto que buscar reflejar el volumen de gases efecto invernadero (GEI) que se han emitido con ocasión de la producción, transporte, comercialización y venta final de un producto y/o servicio. En Chile ya existen empresas que están implementando políticas para calcular y reducir su huella de carbono, y cada día existen más consumidores que prefieren aquellos productos y servicios que aseguran haber reducido dicha huella. Consecuencia de lo anterior es que ya ha comenzado a germinar un nicho de consumidores conscientes, capaces de crear tendencias y constituirse en mayoría a lo largo de esta década.

Precisamente, por el potencial que tiene el consumo responsable para avanzar hacia un desarrollo sustentable y, considerando el incipiente estado de desarrollo del mercado, en cuanto a “huella de carbono” se refiere, es que resulta necesario disminuir las fuertes asimetrías de información que existen respecto a esta materia en el país.

En primer lugar, la determinación de la huella de carbono de una empresa, servicio o actividad requiere una metodología de cálculo, la cual debiese ser ejecutada por un tercero independiente en base a un estándar predefinido. Luego, una vez determinada ésta, aquel agente que busque reducir o neutralizar su huella de carbono tendrá dos opciones: a) podrá ejecutar por sí esfuerzos de reducción o mitigación, los cuáles deberían ser medidos y certificados por un tercero independiente, en base a una metodología predefinida; o b) podrá acudir al mercado de bonos de carbono y comprar tantos bonos como emisiones desee reducir o neutralizar. En este último caso, resultará de la máxima importancia definir qué bonos está comprando, y de qué proyectos de mitigación éstos provienen. Esto, pues el mercado ofrece una amplia variedad de bonos de carbono, cuyo valor económico dependerá de la seriedad del proceso de verificación y certificación que lo respalda, y del tipo de proyectos en que éstos fueron generados (bajo un criterio de sustentabilidad, no es lo mismo una tonelada de GEI abatida por la instalación de filtros en chimeneas, a una tonelada de GEI abatida en un proyecto de tratamiento de aguas servidas).

En atención a lo expuesto, no basta con que una empresa diga que ha medido y/o reducido su huella de carbono. Los consumidores debiésemos saber quién midió dicha huella y bajo qué estándares se realizó dicha medición. Asimismo, cuando una empresa dice al mercado que “ha reducido su huella de carbono”, ésta debiese explicitar qué esfuerzos de mitigación ha realizado (y, nuevamente, quién ha acreditado dicha reducción) o bien, en el caso que ésta haya adquirido bonos de carbono, debiese señalar explícitamente qué tipos de bonos adquirió y/o el origen de dichos bonos. En tal sentido, a nivel internacional, existe una certificación denominada Gold Standard que certifica aquellos bonos de carbono emitidos en proyectos con un fuerte impacto en sustentabilidad. Y, lo que resulta más relevante, es que existe un mercado de consumidores que exigen y que están dispuestos a pagar más por bonos generados en proyectos altamente sustentables, calificados como tales por el citado estándar de certificación.

Una mayor transparencia en los estándares utilizados en la medición y neutralización de la huella de carbono permitirá a los consumidores, en primer lugar, adquirir un conocimiento sobre cómo funciona el mercado y, en segundo lugar, permitirá que éstos puedan premiar (con su fidelidad y consumo) a aquellas empresas que hagan un mayor esfuerzo en materia de sustentabilidad. Siguiendo la máxima de Santo Tomás “ver para creer”, parece razonable que los consumidores prefieran aquellos productos o servicios que generan beneficios ambientales tangibles o – al menos – ubicados dentro de su ciudad o país.

El incipiente estado de desarrollo de este mercado hace que pueda resultar apresurado instar a la adopción de leyes (u otra clase de regulación normativa) sobre el tipo de información que los agentes deben proporcionar respecto a la medición y reducción de su huella de carbono.

Sin embargo, el Estado o las asociaciones gremiales podrían comenzar a adoptar medidas tendientes a transparentar la información proporcionada al público, en atención a premiar a aquellas empresas que sí están haciendo esfuerzos serios en mitigación de su huella; a dejar en evidencia a aquellas empresas que hacen un mal uso de este concepto y, en definitiva, a promover los cambios que los chilenos, actuando en su faceta de consumidores, pueden generar para avanzar hacia un desarrollo más sustentable.

(*) Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad de Chile.

miércoles, 29 de junio de 2011

La desigual competencia en materia de educación superior

Rodrigo Campero Tagle (*)



“Fin a la privatización de la educación” y “término del lucro”, son las consignas que han dominado las manifestaciones estudiantiles que han tenido lugar con gran fuerza las últimas semanas. Ahora bien, no queda claro, al menos en forma evidente, cual es el contenido de los mencionados planteamientos. Lo único que parece quedar claro, es que calidad y equidad en la educación se opondría a lucro y privatización.

La pregunta, por tanto, sería la siguiente: Calidad y equidad, ¿son conceptos opuestos a una  educación de mercado?

En la presente columna se tratará únicamente el aspecto relativo a la calidad de la educación y su relación con el ánimo lucrativo de los prestadores de la misma, binomio que se suele vincular a las universidades privadas, algunas de las cuales no cumplen con los estándares que se les debiese exigir a una institución de educación superior.

En primer lugar, cabe señalar que las universidades privadas cumplen un importante rol en la ampliación de la oferta educacional, convirtiéndose en herramientas de promoción social, incorporando al sistema de educación superior a muchas personas que, por deficiencias en su formación escolar -verdadera raíz del asunto-, no logran alcanzar los puntajes para cursar las carreras ofrecidas por las universidades tradicionales.

Ahora bien, es indudable que la explosión desregulada de la oferta de educación superior trae aparejada un inevitable problema, que es el aseguramiento de la calidad de la misma. No existen incentivos para el dueño de la universidad de invertir fuertemente en investigación, ciencia o desarrollo, ya que se trata de costos que no maximizarán su rentabilidad, al menos en forma tangible.

Por el contrario, una universidad estatal tiene, más que incentivos, un verdadero mandato respecto de la entrega de una educación de calidad. Esto, debido que corresponde al Estado el deber de fomento cultural de la sociedad, por medio del desarrollo del conocimiento y de la ciencia.

La falencia que presenta la institución privada tendería a desaparecer en un mercado que funcionase correctamente, puesto que una universidad que ofreciera un producto de baja calidad, sería desplazada por otras instituciones prestadoras de una formación de excelencia. En dicho caso, al prestador privado no le quedaría más opción que elevar la calidad del bien producido, con el objeto de mantener la percepción de sus rentas.

Sin embargo lo anterior no ocurre, ya que la competencia que permitiría la eliminación de los malos actores del sistema no existe, debido a los obstáculos que impiden a las universidades públicas operar en un pie de igualdad en relación a sus pares privadas, como lo son por ejemplo las limitaciones en cuanto al financiamiento y el entramado administrativo -más denso- a las que están sujetas.

Esta desventaja constituye una competencia desleal entre instituciones públicas y privadas: ¿Por qué las universidades privadas no están sujetas a las mismas restricciones que las estatales, o bien por qué las públicas no gozan de las mismas facilidades que sus pares privadas, si se supone que el bien producido es el mismo?

Lo anterior termina por provocar el peor de los mundos: no existe premio ni apoyo para los buenos, pero tampoco existe castigo para los malos.

Parece ser que una aproximación para la solución del problema debiese ser poner término a las restricciones arbitrarias que afectan a las universidades estatales, particularmente en lo que se refiere a su financiamiento. De esta forma, no sólo se fortalecería la educación pública sino que además mejoraría la calidad del producto como consecuencia de la mayor intensidad de la competencia, con lo cual el peor de los mundos desaparece al quedar todos los actores jugando en un campo más parejo.


(*) Abogado, Universidad de Chile.

jueves, 26 de mayo de 2011

Participación ciudadana en la definición de una política energética nacional

Rodrigo Galleguillos Martín

La formulación de una política pública constituye un escenario complejo, donde coexisten distintos actores que buscan influir en el resultado final. En tal sentido, resulta relevante que en dicha etapa participen distintos agentes, pues ello contribuye a enriquecer el debate, reviste de legitimidad democrática al proceso de formulación, y permite que aquéllos que se verán afectados por la política pública sientan que sus opiniones fueron recogidas y valoradas dentro del espacio de discusión previo a la implementación de ésta.

Considerando la importancia que han adquirido en los últimos años las temáticas vinculadas a energía, medioambiente, y desarrollo sustentable, cabe destacar la iniciativa del Gobierno de lanzar una Comisión Asesora para el Desarrollo Eléctrico, la cual tendrá como misión analizar y establecer las bases de una política energética de largo plazo para el país. De acuerdo a lo expresado por el Ministro de Energía, Laurence Golborne, la mencionada Comisión tendrá un carácter transversal y representativo, compuesta por expertos en materia energética, medioambiental y regulatoria, y tendrá la misión de abrir el debate sobre el sistema eléctrico nacional, basado en los recursos del país y considerando la viabilidad técnica, económica y ambiental de las diferentes tecnologías.[1]

Sin embargo, al revisar el listado de los expertos llamados a conformar este grupo de trabajo, queda en entredicho el carácter transversal y representativo al cual, supuestamente, apunta esta Comisión: la mayoría de los expertos están vinculados a la industria de generación de energía eléctrica, la cual constituye uno de los principales grupos de interés en la definición de una política energética nacional. Una posible consecuencia de esta conformación será que el resultado que emerja de dicha Comisión podrá recibir críticas por no representar las distintas visiones sobre cómo debe abordar Chile el reto energético. Asimismo, resulta sorprendente que la Comisión no incluya a representantes de organizaciones ambientales o ciudadanas, más aún considerando que el proceso de aprobación ambiental de Hidroaysén ha demostrado que la ciudadanía está empoderada con los temas ambientales, que tiene una postura sobre el tema y que – literalmente – está exigiendo a gritos ser escuchada y considerada a la hora de abordar el desarrollo de una política energética nacional.

La citada Comisión tendría mucho que ganar con la integración de representantes de ONGs u organizaciones ciudadanas. En tal sentido, se estaría dando una señal al país que el Ministerio elabora la política energética incluyendo a aquellos grupos ciudadanos interesados en la promoción de un desarrollo menos intensivo en el uso de los recursos naturales,  legitimando a esta instancia como una mesa realmente transversal, e incrementando las posibilidades que el trabajo que emerja de la Comisión sea validado por la ciudadanía.

No obstante, de acuerdo al Ministro Golborne, la Comisión Asesora podrá contar durante sus sesiones con invitados que representen a diversos actores del quehacer nacional[2]. Ello abre una ventana para que la Comisión haga partícipe de la discusión a organizaciones ciudadanas y otros agentes que tengan ideas en relación a cómo debiese estructurarse nuestra matriz energética. 

En suma, la idea de abrir la discusión sobre política energética es loable. Sin embargo, la sola  conformación de los miembros de esta Comisión permite intuir que ésta podría ser criticada por carecer de un carácter representativo y transversal. En aras de no desaprovechar esta instancia, es de esperar que la Comisión haga partícipe a la mayor cantidad posible de actores,  y que – en definitiva – se haga un análisis razonado de cómo sus ideas podrían (o no) contribuir a la formulación de una política energética acorde a las exigencias que la ciudadanía hoy está haciendo a nuestra clase política.